(Relato de práctica) Una primera vez

En la casa #8 no solían hacer fiestas. Los del segundo piso iban a todas, y llevaban obsequios como la gente de los libros clásicos, pero nunca se quedaban demasiado. Por supuesto que eran muy amables; no eran huraños, sólo... introvertidos, y callados. Si socializaban, era para ayudar. Por supuesto, esta zona era bastante amigable, todos se ayudaban entre sí, pero había mucho más que saludarse e intercambiar medicamentos. Y esa gente se lo perdía, ese era un hecho que no molestaba a nadie.

Sin embargo, causaba curiosidad en la pequeña rubia de la casa #13; sobre todo el día en que vio las puertas abiertas de par en par y escuchó la música de piano que venía del interior. Subió las escaleras externas a saltitos, y se asomó como el cuadrúpedo con cuernos de uno de los cuadros que había visto la semana anterior en una enciclopedia. Para aumentar la semejanza, en el centro de la sala que observaba, había comida servida.

No es bien visto entrar a las casas ajenas, la niña lo sabía. Pero esto era distinto: era una fiesta. Colarse en las fiestas tampoco es muy adecuado, pero ella no tenía como saberlo, porque había estado invitada a todas hasta la fecha. Así pues, aprovechó la oportunidad para conocer por fin la casa de sus vecinos.

Durante su exploración escuchó un golpeteo constante, que la hizo pensar en mascotas atrapadas, así que se acercó y abrió una puerta decorada con dibujos de crayón. Tras ella encontró a un niño que rondaba su edad e identificó de inmediato la fuente del sonido. El pequeño estaba tirando una bola contra la pared.

Elisse jamás había visto una criatura tan triste... Excepto en los dibujos de esa enciclopedia, claro. Pero nadie real.

―Hola. ¿Qué te pasa? ―inquirió, más que dispuesta a resolver sus problemas... llamando a los padres del pequeño.

―Nada.

―¿Y entonces porque estás triste? ¿No te gustan las fiestas?

―No sé.

―¡Como no vas a saber!

―Nunca me han hecho una.

Ese concepto era ajeno para ella, así que supuso que su interlocutor estaba confundido y se dispuso a explicarle:

―Las fiestas no se hacen para una persona. Son para reunirse.

―Pues a Zoe le están haciendo una.

―No, bobo, hay poquitos invitados pero no es que la fiesta sea sólo para ella.

―La hacen porque ella ganó un concurso muy importante. Es para ella.

―¿Hacen una fiesta además de que ella ganó? ―se sorprendió la visitante. Eso era mucha alegría junta, quizá deberían intentarlo en su casa la próxima vez.

El niño que asentía, no parecía ver toda esa alegría.

―Pero a ti no te gusta. ¿Porque la fiesta no es para ti?

―Eso creo. Me gustan las fiestas.

¿A quién no?

―Pero entonces no importa para quien sea, igual puedes ir y divertirte.

―Lo sé. Pero es mi cumpleaños.

―¿En serio? ¡Felicidades! ¿Ya encontraste tus regalos?

―No hay regalos. En mi familia no se celebran los cumpleaños.

Una vez, en televisión, Elisse había visto una fiesta de cumpleaños. Sus padres le habían explicado entonces que algunas familias hacían fiestas, o viajes. Pero nunca había oído de una familia que no los celebrara. A ella le parecía un desperdicio. Pero, claro, a esta familia no le gustaban mucho ni los festejos ni las reuniones.

―¡Entonces por eso estás triste! Porqué tu si quieres celebrar.

En ese entonces, ella era demasiado joven e inocente como para comprender los conceptos de “celos” o “envidia”, así que más tarde se preguntaría porque el cumpleañero había mencionado la fiesta de su hermana cuando ella le preguntó qué le pasaba.

Pero por ahora, sólo tenía una cosa en mente.

―¡Ven! Te enseñaré como lo celebramos en mi casa.

Las puertas abiertas, los padres distraídos. No había nada que se interpusiera en el camino de los niños que decidieron irse a la calle. Las zonas habitacionales eran bastante seguras para los niños, así que ese tipo de salidas era común para la mayoría de los pequeños en la colonia Faraday, pero era la primera vez que cometían semejante descuido en esta casa en particular. También era la primera vez que el hijo menor aprovechaba esas circunstancias, básicamente porque no había tenido motivos para hacerlo.

Era si la primera fiesta de la familia hubiese alterado para siempre el orden en que funcionaba el mundo. La primera en notarlo había sido la pequeña intrusa. No estaba consciente de todo lo que estaba transformándose en la vida de su nuevo amiguito, pero  había visto la misteriosa casa #8, sólo para encontrar al que para siempre sería su amigo más cercano.

El cirujano ciego (Relato breve reescrito)

En el foro que intento visitar este año (Foro Escritores), plantearon como ejercicio tomar un antiguo relato y re-escribirlo. Me costó encontrar uno (por sí lo quieren comparar, era éste), y aquí está el resultado:

El cirujano ciego


¿Han escuchado el sonido de una vida al extinguirse? ¿Y el llanto de una criatura cuando descubre que está sola, por primera vez y para siempre?

Yo sí.

¡He oído tantas veces ese último latido y el eco de la vida en un cuerpo sin esperanzas!

Desgarrador como es, podría tolerarlo, me parece, si no fuera porque el otro despierta. Siempre. Sin importar cuanta anestesia usemos.  Despierta, y llora.

Pero no es lo peor. La muerte y la soledad son mi crimen, pero el castigo son las felicitaciones de mis superiores y la admiración de mis colegas. Lo llaman éxito, aunque se espera más de mis habilidosas manos, porque lo común es que así ocurra: uno vive, el otro muere. El cuerpo es devuelto a la familia, el sobreviviente queda en manos de La Fundación y después de unos años deja de lamentarse por esa pequeña parte de sí mismo que le fue arrebatada... al menos, no se quejan en voz alta.

De una forma o de otra, esta organización controla a los siameses: hermanos que nacen compartiendo algún órgano interno y tienen dones extraordinarios de mayor o menor utilidad. Al principio no realizaban la cirugía cuando el riesgo de muerte era muy alto, pero cuando descubrieron que las habilidades sólo duraban en los que eran separados,  decidieron que eran mejores las inversiones a largo plazo.

Es todo lo que estas criaturas en la mesa significan para ellos. Con el control de los superhumanos, viene el poder sobre las personas comunes; así que harán todo lo necesario para que cada uno de los siameses permanezca en sus manos.

Cada tanto, alguno intenta desobedecer, incluso pelear. Los más rebeldes consiguen que los dejen en paz por un año o un lustro. Pero, tarde o temprano, regresan con mas fuerza.

Y yo soy parte de esto. Con el corazón tembloroso y las manos firmes, hago todo lo que puedo para, al menos, salvar ambas vidas en cada operación. Y cuando acabo y en lugar de llanto escucho los dos corazones trabajando a punto, casi tengo el valor de visitar mis pequeñas hijas.

Mis hijas.

El primer caso en que ambos sujetos lo lograron.

Estaban aterradas ante la idea de no respirar juntas, y claro que yo no quería que pasaran por eso. Pero no podía evitarlo, así que lo hice con mis propias manos para asegurarme de que estuvieran bien. Esa proeza cambio la forma en que La Fundación me miraba, y no sé hasta que punto fue una amenaza y que tanto fue una oferta, pero el caso que acabé haciendo un trato con ellos.

Sueño con el día en que ellas tengan edad para explicarles lo que hoy hago para mantenerlas a salvo, lejos de la maldad de La Fundación... en brazos de su madre. He imaginado la escena miles de veces. Sus silencios de confusión, el grito ahogado cuando empiecen a entender. Quizá suspiren, al final, resignadas ante el horror del mundo. Probablemente lloren. El final cambia cada vez que lo pienso, pero cuando me siento optimista, imagino que intercambian un silencio furioso y sólo el sonido de sus pasos y el golpe de la puerta al cerrarse me advierten que  mis niñas no pueden perdonarme.

No podrán perdonarme, y no harán nada como lo que he hecho.

Todos esos días en el quirófano, incluso más horribles que el primero: ese en el que el llanto era mío y la vida que se escapaba era la de mi hermano.



¿Qué dicen? ¿Mejor, o peor?

Mala noticia (Microrelato)

Supongo que piensas que eres libre. ¡Vaya esperanza vana!

Que ningún alma tenga jamás la gentileza de preguntar por ti y pedirte explicaciones... eso no es libertad, es soledad. ¡Es injusticia!

Incluso esa criatura que te sostuvo en brazos tanto tiempo que estabas convencido de que su perfume era el olor del mundo... ¿cómo puede ignorarte de ese modo?

Es triste, en realidad. Pero sonríes, porque crees que no hay fronteras ni ataduras para ti. El mundo que conoces procura no dejar morir de hambre a un niño que esta solo y cada día crees que eso basta: el estomago demanda y los vecinos cumplen.

Pero cae la noche y sus puertas se cierran. Entonces un atisbo de mala noticia te quita la sonrisa, pero has corrido sin rumbo todo el día y tus párpados caen a tiempo para ignorar su horror.

(Relato de práctica) Al menos se ven felices.

La visita al museo fue un fracaso.
La idea era que los niños se acercaran un poco a la historia, que recordaran como es que hemos llegado a este punto. El estudio de la historia no es para maravillarse o para llorar sobre la leche derramada. Es respecto al futuro.
Pero ellos eran muy jóvenes, demasiado inquietos.
No podían dejar de pelear, jugar, correr... La pequeña Lía estuvo a punto de romper una computadora del siglo XX, y en su defensa únicamente dijo que quería saber qué tenía adentro. Mientras yo perdía el tiempo con ella, Derek desapareció.
“No estaba perdido”, diría, después de que yo enloqueciera buscándolo por todas partes; según él, sólo estaba conversando con los niños de otra escuela. Al menos no se había peleado con nadie, como Nora y Nadine.
Al menos dos de los niños estaban prestando atención al recorrido. Por desgracia, eso tampoco resultó en aprendizaje. Vincent estaba encantado por ver los vestigios en persona, pero ya conocía la historia porque su comprensión lectora era notable desde... el primer año. Al parecer sus padres habían estado adelantando un poco de trabajo. Él quería verlo todo, en cambio la niña... Elisse sólo quería ver las pinturas.
No serán una representación tan precisa como las fotografías panorámicas, pero es lo mejor que podía hacerse en sus respectivas épocas. En algún punto durante las guerras, alguien los resguardó, seguramente para preservar la historia, y ahora han encontrado hogar en diversos museos. Por algún motivo, a la pequeña le gustan. Ella se maravilla, pero no aprende nada.
Es un día perdido. Hubiéramos logrado mucho más en el salón de clases. Pero ellos parecen felices, habrá que conformarse con eso por ahora.

(Relato de práctica) El recorrido

Derek y su hermana jamás pasaban demasiado tiempo fuera de casa, y era bastante extraño verlos ir de un lado a otro por toda la colonia. Pero hoy sí lo hicieron: una a una, entraron en varias de las casas y se detuvieron sólo un poco en el jardín de las demás.

Hubo un tiempo en que todos les preguntaban qué necesitaban, qué motivo los llevaba a hogares vecinos, para variar. Ya no era un misterio, sin embargo. Porque lo hacían una vez al año con puntualidad impecable y ya todos habían tenido oportunidad de saciar su curiosidad sobre la actividad y sobre cualquier otra cosa que les interesara sobre los hermanos, que disfrutaban mucho una conversación. Gracias a esas charlas, era que habían descubierto que estos niños, y sus padres, permanecían en casa por el simple hecho de que no tenían ninguna razón para salir, no porque tuvieran problemas de salud o de carácter.

Antes, los hermanitos pedían permiso para dejar algo en una de las casas, y uno de los vecinos había intentado devolver la caja de acuarelas que encontró en el jardín después de su visita. Ahora los anfitriones simplemente sonreían, espiando para ver si su hogar sería el elegido para guardar el tesoro esta vez.

A la mañana siguiente, la única hija de la familia Giralda recorrería su casa primero, en busca del obsequio de sus padres, y luego saldría a la calle dando saltitos. Tarareando una canción de cumpleaños visitaría a todos en la colonia Faraday, con una pregunta sobre los visitantes del día anterior, porque sólo en una de las casas habían dicho o hecho algo, el indicador de que en algún lugar de esa casa, estaba el regalo de sus amigos.

Año tras año, la niña les daba una razón para acercarse un poco a los demás, y siendo como eran, eso les bastaba para mantener una amistad más menos estrecha con todos sus vecinos.

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